11 de enero de 2019

MÍRALA CARA A CARA QUE ES LA PRIMERA

Todo lo que hagas, hazlo de buena fe y de buen corazón. Y si no, no lo hagas.


Cuando uno se mira por dentro para intentar corregir sus propios errores, en lugar de intentar identificar "culpables" alrededor para buscar una falsa redención personal, te conviertes en una persona mejor de lo que eras... Y te atreves a afrontar retos que te ayuden a seguir creciendo desde adentro hacia afuera.


Dice el diccionario que un compromiso es una obligación contraída por una persona que se compromete o es comprometida a algo.
Quienes seguís este blog ya habréis leído varias veces que somos lo que hacemos y no lo que decimos que haremos. Decirlo es fácil pero hacerlo requiere de, además de un compromiso, altas dosis de constancia, esfuerzo e ilusión. Para intentar llevar a buen puerto iniciativas como las que desde hace años me planteo, me tuve que casar con estas premisas. De otra forma, hubiera sido imposible.
Conozco casos de gente cuyas palabras suelen ser más grandes que sus actos.
Una vez leí que conseguirlo está sobrevalorado. Lo único que importa es intentarlo como si te fuera la vida en ello... Y eso es lo mínimo que una persona (un deportista) debe de hacer cuando se compromete ante la sociedad a llevar a cabo iniciativas como la de intentar completar 12 maratones a lo largo del año, con la dificultad añadida de que el tiempo medio empleado para cruzar la meta de estos 12 asaltos a los 42.195 metros no supere las 3 horas.
Y soy consciente de que una lesión o cualquier contratiempo puede llevarte a la lona, obligándote a abandonar tu propósito antes de tiempo. Es lícito (incluso obligatorio) tener que tirar la toalla si la situación lo requiere, siempre que hayas puesto todo lo que ha estado de tu mano (y de tus piernas) para afrontar el compromiso adquirido con garantías. Porque, como ya he comentado en alguna otra ocasión, el resultado no es exigible. Lo que es exigible es el esfuerzo.


En el año 1970 se celebró por primera vez la Maratón de Nueva York. En la línea de salida de la mítica prueba, 127 "locos", de los que solo 55 lograron acabarla. Más cerca ya de nuestros días, en el año 2013, 55.266 "cuerdos" pudieron saborear la gloria a su llegada a la meta situada en el Central Park de la Gran Manzana...
No me gustaría morirme sin poder cruzar esa meta, pero de momento toca pensar un poco más cerca. Tarragona será la primera parada del reto. El próximo día 27 intentaremos completar con éxito sus 42.195 metros. Como siempre, los afrontaré sin miedo pero con respeto. Mirando cara a cara a la mítica distancia... ¡Arrancamos!



Un poco de historia (texto extraído del libro The Runner Man):


(...) Desde los primeros pasos de las Olimpiadas, hubo una prueba que por su épica nunca pasó desapercibida, más bien todo lo contrario, y esta no es otra que la maratón.
El señor Filípides fue el que hizo que la distancia fuese aproximadamente la que es en la actualidad: 42.195 metros.
La historia no se sabe si es cierta o un cuento, pero la verdad es que, lo sea o no, hizo que la maratón fuese o sea lo que es: una gran batalla.
En 1986 se corrió la primera maratón olímpica, con una distancia de 42.000 metros, que pensaban era la distancia que recorrió el soldado Filípides entre Maratón y Atenas para gritar ¡Victoria! y a continuación cascar...
El 10 de abril se corrió esta primera maratón olímpica, entre Maratón y Atenas, con la participación de 17 valientes o temerarios, locos, aventureros, soñadores o como vosotros deseéis llamarlos.
Hasta 1908 la distancia no serían los 42.195 metros, y fue el azar el que hizo que fuera así. O, más bien, la comodidad de la reina Alexandra y el príncipe de Gales Jorge V.
Los Juegos se celebraban en Londres, como seguro que intuiríais al ver el nombre de los protagonistas, y fue capricho de ellos que la línea de salida fuese en el castillo de Windsor y la llegada en el Palacio Real, para poder verlo, lo que hizo que la distancia desde entonces fuesen los gloriosos o fatídicos 42.195 metros.
Hasta 1967 la mujer no podía, no la dejaban, o qué sé yo qué demonios pensaba esta sociedad para no incluirla en pruebas como la maratón, y fue en ese año cuando Katherine V.Switzer, se saltó esas normas, afortunadamente, y terminó una maratón.
Hasta 1984 la maratón femenina no fue incluida en el marco de las Olimpiadas, y la primera ganadora fue la estadounidense Joan Benoit.
En la actualidad, gracias a Dios, es tan normal ver a una mujer correr esta prueba como a un hombre.
La gran maratón tiene muchos momentos que dejaron una gran huella en nuestras retinas y nuestros corazones.
Spiridon Louis fue el primer oro olímpico en la maratón. Nombres y hombres como Nurmi o Zátopek hicieron grande la prueba. En 1960, un atleta llamado Abebe Bikila logró el oro descalzo y el Coliseo de Roma fue testigo de ello. Cuatro años después, y ya calzado con zapatillas, logró repetir el triunfo en las Olimpiadas de Tokio 1964.
En 1984, una imagen logró transmitir el sufrimiento y la dureza de lo que es la maratón: la atleta suiza Gabriela Andersen llegó al estadio en un estado lamentable debido al esfuerzo realizado para intentar terminar la prueba. Esos últimos metros fueron agónicos e hicieron que todos, desde el lugar en el que lo vimos por los televisores, sufriéramos y empujásemos sobre manera para que la atleta pudiese acabar la carrera.
Años más tarde, aunque en España no tuvimos medallas olímpicas en esta disciplina, las rozamos con Martín Fiz. Pero siempre nos quedará ese pódium completo en un Europeo, en Helsinki 1994, con Martín Fiz, Diego García y Alberto Juzdado, o esas medallas en Mundiales de Martín Fiz, Abel Antón y Julio Rey, por no hablar de ese Campeonato del Mundo por equipos formado por Martín Fiz, Abel Antón, Diego García, Alberto Juzdado, José Manuel García y Fabián Roncero con el consiguiente Premio Príncipe de Asturias por la brillante trayectoria de los maratonianos en esos gloriosos años (...)

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