2 de junio de 2017

"HECTORÍN" PARA LOS AMIGOS

Estaba programado que la siguiente entrada que publicara en este blog fuera la que resumiera las sensaciones de mi duodécima maratón del año, pero ayer mientras entrenaba, mi cabeza comenzó a pensar casi tan rápido como movía mis piernas, devorando kilómetros "sin moverme del sitio" en la cinta del gimnasio.
Reflexiones que hoy quiero compartir y reflejar en estas líneas:
Pensaba que soy afortunado. Vivo con lo puesto pero no me falta de nada.
Soy feliz porque no necesito mucho más que cinco euros en el bolsillo para tomar una pinta de rioja antes de comer y una botellina de sidra antes de cenar.
Me muevo en una furgoneta de kilómetro 0 y llevo años sin poder marchar de vacaciones aunque, como a cualquiera, también me gustaría disfrutar de una semana en El Caribe y moverme en un Audi Q5... Pero mis prioridades son otras.
Después de haber bebido el Nilo en mi juventud, a día de hoy no tengo vicios.
A pesar de ser el mayor de los dos, tengo la fortuna de heredar la ropa de mi hermano Pablo, con lo que hace tiempo que no me gasto ni un euro en trapos.
Lo poco que tengo lo destino a pequeñas escapadas que me llenan de placer.


Desde bien joven intenté no ser un parásito y pronto comencé a ganarme el cocido. A día de hoy, VIVO de un sueldo humilde que me gano currando muy honradamente y ME DA VIDA destinar mi tiempo libre a practicar deporte y usar mi afición para hacer un poco mejor el entorno en el que me muevo. Sin más.
No padezco ninguna enfermedad que ponga en peligro mi vida, pero convivo con la sombra de la depresión que desde chaval me puso contra las cuerdas, teniendo que tirar la toalla desde la esquina ante un KO inminente en más de una ocasión.
Desde que me hice amigo de mis fantasmas, todo me resulta más sencillo.
Más popular de lo que me gustaría, camino sobre una delgada línea que delimita a un "superhombre" de un "mono de feria". Ninguno de los dos me obsesiona.
A estas alturas de la película, con los cuarenta a la vuelta de la esquina, sólo aspiro a tener una vejez plena rodeado de los míos. Por ello, no me dejo llevar por los halagos y cada vez me resbalan más las opiniones de gente que ni siquiera saben cuál es mi segundo apellido. Por experiencia, he llegado a comprender que los mismos que te dan jabón pueden ser los primeros en esclararte la espalda, a poder ser con agua fría y a presión para que duela un poco más el proceso.
En el camino por el que transito tiendo una mano a quien la necesita y me alejo de aquello que no me gusta, sin atacar a quiénes lo promueven. Es sencillo.
He visto a mi padre -un hombre fuerte como una viga- consumirse en pañales dando gritos de dolor, postrado en una cama víctima del cáncer. Un 16 de agosto del 2012, dos días antes de que se apagara su luz, fui a pedirle al médico que hiciera algo (eutanasia) para aliviar aquel sufrimiento que no llevaba a ningún lado, por lo que entendí que -tarde o temprano- todos dependemos de alguien.
Si antes no me pisa un autobús, apelando a la probabilidad (y a la genética) desde hace ya un tiempo soy consciente de que -por mucho que corra- algún día el bicho también me dará caza. Por ello, mientras tanto, seguiré haciendo todo lo posible para que cuando llegue el momento en el que nos toque mirarnos fijamente a los ojos, lo haga con el mismo odio con el que yo le miro a él a diario.
Tras sufrir varias embestidas, disfruto de la vida cogiéndola por los cuernos.


¿Mis aspiraciones a corto plazo?... Sueño a diario con que el 31 de diciembre, cuando haga el típico repaso del año que se nos pasa por la cabeza justo antes de comer las uvas, pueda tomarme una copa de El Gaiteru en familia mientras me siento orgulloso, no de haber completado 24 Maratones Solidarias Sub3 horas en un año, sino de lo que supuso el hecho de haber llevado a buen puerto esta iniciativa... Me llamo Héctor Moro Díez. "Hectorín" para los amigos.

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