10 de septiembre de 2014

CUESTIÓN DE CALIDAD Y NO DE CANTIDAD (2ª parte)

Como no me gusta ser un "pupas" (prefiero dejar las penas en casa todos los días cuando me levanto) en la primera parte de la crónica no mencioné en ningún momento los lastres con los que tuve que convivir durante el trayecto. Una contractura en la espalda (según el fisio producida por el estrés) me atormentó durante los días previos, de tal forma que hasta coger el sueño fuera una misión casi imposible. A ello se le une mi ya conocida fascitis plantar; es lo que tiene impulsarse sobre un 45 de pie plano y empeñarse en recorrer largas distancias...
Ya desde los primeros kilómetros, me di cuenta de que tendría que convivir con estos "amigos" durante toda la ruta. El secreto estaba en intentar que no se instalaran en mi cabeza. En eso soy un crack y conseguí controlarlos, dejándolos que sólo hicieran de las suyas del cuello para abajo. La cosa estaba bajo control y "únicamente" una ampolla en el pie izquierdo -seguramente producida por pisar mal para compensar la fascitis del derecho- sería el daño colateral sufrido.


Habíamos dejado la historia afrontando las primeras rampas del Angliru...
El calor y la humedad siguen siendo un martillo pilón que te va minando poco a poco. Unos enemigos con los que contaba y que podría haber evitado adelantando la salida un par de horas. Por otra parte, bastante era que varios amigos se hubieran ofrecido a acompañarme durante toda la jornada, como para pedirles que se levantaran un sábado a primera hora de la mañana... No me atreví a hacerlo.
A eso de las 14:40 horas hago mi aparición en el área de Viapará, lugar donde se ubica el complejo hostelero del Mirador del Angliru y en donde, según los planes iniciales, terminaría mi aventura. La machada ya estaba hecha y los amig@s que me esperaban en la meta me pidieron que lo dejara y que recuperara de aquella mojadura que invadía mi cuerpo. Seguro, una imagen desagradable a la vista.


Reconozco que soy un cabezota, que cuando algo se me mete en la cabeza hago todo lo posible por conseguirlo. Esto me ha traído muy buenas experiencias pero también algunas que no lo han sido tanto. De todas ellas he aprendido algo.
Siendo fiel a mis principios, decido seguir, consciente de que dejaba cierta preocupación entre los que me quieren. Cierto nerviosismo entre los que decidieron perder una parte de su vida para acompañarme y apoyarme. Físicamente estoy bien y decido continuar hasta lo más alto de la cima riosana.



El desnivel cada vez es mayor y decido hacer una pequeña parada para cambiarme de ropa ya que, a medida que se iba ganando altitud, el aire soplaba con más fuerza y no quería correr más riesgos para mi salud. Parada que sería clave ya que, como si me hubieran desenchufado de una fuente que alimentara mi energía, empiezo a sentir mal cuerpo y tengo que utilizar una zona de matorrales para aliviar a mis tripas que fueron las primeras en protestar.
Hasta aquí todo correcto... o casi... El detonante que me hizo cambiar el chip fue cuando me puse a orinar; lo que vi no me gustó nada. Un color muy comprometido en mi orina me recordó a una mala experiencia que ya había tenido en el año 2012. Claros síntomas de deshidratación que no son más alarmantes de la cuenta si uno decide poner remedio cuanto antes...
Volviendo a ser un cabezota (una muy buena amiga me llama kamikaze), a pesar de ser consciente de la situación, decido continuar, seguir avanzando movido por algo que uno siente pero que no puede explicar. Llamarme lo que queráis... 
Para bien y/o para mal, esa es mi forma de ser y de actuar.
Mi hija y mi madre me piden que pare, que ya estaba todo hecho. Reconozco que me tocan la moral y me ablandan un poco, pero decido seguir... Físicamente estaba bastante entero y únicamente tenía que quitar de mi cabeza el impacto que supone ver como tu orina es de un color muy parecido al de la sangre.



José Calvo (pricipal artífice del evento) se encargaría de velar por mi integridad y no se separaba de mí, mientras que desde el coche me sugería que parase ya...


Los desniveles cada vez son mayores y al paso por una zona cuyas rampas llegan hasta el 22% de desnivel, las ganas de volver a orinar me atacan con fuerza de nuevo. Conocía esa sensación... Son unas ganas distintas a las normales que te avisan de que algo por dentro no va bien... Es la forma en que tus riñones te avisan de que están trabajando en seco. Compruebo que así es y esta vez decido ponerle punto y seguido a una aventura que me ha llenado y que me ha servido para ser un poco mejor persona. Esa es mi sensación...
Ya en coche aparezco en la explanada del Mirador del Angliru donde me esperaban todos los amig@s que quisieron/pudieron hacerlo, dándole sentido a mi ruta y emocionándome con sus muestras de cariño, las cuáles no pude devolver como quisiera ya que me encontraba bastante tocado por la situación.
El calor y la humedad me habían secado por completo y tras casi cuatro horas y 50 durísimos kilómetros decidía descansar y recuperarme de una difícil jornada.
Como ya había comentado en otra entrada, mis piernas han recorrido distancias que triplicaron el kilometraje, pero las circunstancias en esta ocasión eran otras.
Como reza el título de la entrada, es cuestión de calidad y no de cantidad.


Una cerveza fría antes de tumbarme durante veinte minutos en la cama de una de las bonitas habitaciones que se pueden encontrar en el Mirador del Angliru y una buena ducha, servirían de antesala a la gran paella (con mensaje incluído) con la que, invitados por la organización, recuperaríamos fuerzas.



Un pequeño acto, de esos que no me gustan ya que me vuelvo pequeño cuando me recuerdan "lo guapo que soy y el tipo que tengo" se llevaría a cabo pero yo ya no estaría presente. Mi hermano, que también me quiso acompañar, me traería de vuelta a casa. Necesitaba tranquilidad y descansar.
Aitana, supongo que orgullosa de su papá, sería la encargada de recoger el mejor de los premios que podría haber recibido y que guardaré con mimo y cariño durante toda mi vida por todo lo que significa para mí.
Aurora Astudillo (directora del IUOPA) me hacía llegar un diploma que no cambiaría ni por todo el dinero de este mundo... Porque el dinero es sólo dinero. Hay cosas que nunca podrá comprar. Sentimientos que nunca podrá adquirir.





Termino esta entrada con unas palabras que le hice llegar a una persona durante el trayecto. Una de esas que aparecen en tu vida por casualidad y te aportan todo lo que te falta, llenando de energía aquellos vacíos que la situación vivida los últimos meses me había dejado.
Tú ya sabes quién eres... Para ti, la mejor de mis sonrisas.


Recuerda que eres la persona que hoy le dará sentido a mi ruta.
Eres la motivación necesaria que "me impulsará" hasta la cima.

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